El ciclo de vida de la trufa ha sido un misterio desde las antiguas civilizaciones. Después de miles de años de incertidumbre, el hombre dió con la respuesta por fín a principios del siglo XIX y durante ese mismo siglo se adoptaron las oportunas fórmulas para su reproducción o cultivo.

La trufa adquirió especial interés como apreciado producto alimenticio durante el siglo XVIII y siglo XIX, después de la mala imagen que la acompañó durante la edad media.
En este nuevo periodo y teniendo claro el origen de las trufas, tuvieron lugar los primeros  tentativos para obtener ejemplares, a modo de cultivo.
Existen incontables relatos de personas que narraban sus infalibles métodos. Naturalistas, aficionados e incluso nobles, que mediante procesos sin fundamento científico, se afanaban en anunciar ser los primeros en obtener este apreciado tubérculo. Todos creían haber encontrado la clave que les permitiría reproducir a su antojo, cualquier especie de trufa, pero nunca consiguieron llegar a obtener resultados.
La autentica clave fue descubierta por casualidad a principios del siglo XIX, por algunos agricultores franceses de la zona de La Provence, que sembraron bellotas para aumentar sus plantaciones de encinas. Dichas encinas ya producían trufas y al sembrar sus bellotas, dieron lugar a nuevos árboles que también, años después, empezaron a producir de manera esporádica, trufa negra.
Este asombroso hecho, hizo pensar a sus descubridores cual era el proceso exacto de reproducción, que fue llevado a cabo posteriormente con éxito.
Posteriores estudios realizados en Francia determinaron el exacto origen de la trufa y su ciclo vital o ciclo de vida de la trufa. También se profundizó en las completas fases por las que transcurre su producción, desde la germinación de las esporas, hasta la obtención de las trufas. Dio comienzo así durante el primer tercio del siglo XIX, en Francia, el auténtico estudio científico y botánico de las trufas.

Incluso hoy, algunos procesos exactos como son la germinación espontánea de las esporas de la trufa son desconocidos, pero a pesar de ello, podemos afirmar que, las exactas fases o ciclos de su reproducción se conocen a fondo y por ello vale la pena comentar.

Las trufas son un tipo de setas que crecen y viven bajo tierra. Son realmente el fruto de una planta o aparato radical (clase de hongo) llamado micelio que vive en simbiosis con algunos tipos de árboles. Tal relación de conveniencia, beneficia a ambas plantas, ya que el micelio, como todas las setas está privado de clorofila que obtiene de la planta superior y ésta recibe un aporte extra de nutrientes a través del aparato radical conectado a su raíz.

En la fase de fructificación y cuando madura la trufa, ésta se vuelve independiente del micelio y continua el desarrollo de manera autónoma, absorbiendo nutrientes del terreno a través de sus propios medios, unos pequeños filamentos denominados ifas.

Cuando una trufa no es recogida y permanece bajo tierra hasta que se marchita, se deshace liberando gran cantidad de esporas, que salen de las "bolsitas" que las contienen llamadas ascas. Estas esporas ya en el terreno están listas viajar por el subsuelo y para germinar, formando un nuevo micelio.

La forma mejor  y más fácil, es que la espora germine cuando ya está unida a una simiente, como por ejemplo una bellota. Las esporas de trufa negra están recubiertas de unas puntas o pinchos que las adhieren a raíces de árboles o simientes presentes en el terreno.
Cuando germine la simiente, producirá una planta que en futuro producirá trufa, ya que en este caso, el desarrollo del micelio (planta inferior) está implícito en el desarrollo de la planta superior.

El nuevo micelio estará unido ya a las raíces del nuevo árbol con el que permanecerá en simbiosis. Con el tiempo producirá nuevos frutos que son las trufas, cerrándose así el ciclo vital.

Se tiene conocimiento que las trufas fueron ya apreciadas desde el antiguo Egipto. Los griegos y después los romanos las empleaban con regularidad y existen documentos que relatan con detalle su uso. No ha sido hasta los siglos XVIII y XIX cuando han sido estudiadas y clasificadas por varios científicos, que detallaron su ciclo vital y diferenciaron las especies.

Destacan la trufa blanca del Piamonte italiano o trufa blanca de Alba (Tuber Magnatum), cuya temporada va desde octubre hasta diciembre. Es la reina de las trufas, y entra en simbiosis con el Roble Cabelludo (Quercus Cerris), Roble Común (Quercus Pedunculata), Tilo, Chopo, Haya, Sauce y Avellano. Esta especie es paralela en temporada a la trufa de otoño (Tuber Uncinatum), que también es una especie apreciada. En diciembre da comienzo la temporada de la trufa negra (Tuber Melanosporum) que llega a febrero con máxima calidad, y termina en marzo. La trufa negra realiza simbiosis con árboles del género Quercus. En concreto, con la Encina (Quercus Ilex) Roble Común (Quercus Pedunculata), Roble Albar (Quercus Sessiliflora), Carrasco (Quecus Coccifera) y Roble Pubescente (Quercus Lanucinosa). Hay que esperar sin trufa fresca hasta mediados o finales de mayo, que es cuando aparece la trufa de verano (Tuber Aestivum), y podremos disfrutar de ella hasta bien entrado agosto.

Por lo tanto, durante el año, la naturaleza nos brinda la ocasión de poder saborear cuatro tipos de trufa distintas y de calidad, que están dentro de nuestro alcance. Sólo es cuestión de gusto o preferencia personal.

Lo importante para el consumidor es saber que cada variedad de trufa es muy distinta entre sí, ya que como cualquier fruto, nace y crece en distinta temporada. Por este motivo, sus rasgos culinarios también se ajustan a los gustos de cada estación. Fuerza, intensidad, aroma y sabor en otoño e invierno. Delicadeza y frescura en primavera y verano.

Desde el punto de vista gastronómico, pocos productos resaltan tanto por sus propiedades organolépticas, entre las que destacan el perfume y el sabor, que realzan el gusto de los alimentos y lleva el arte culinario al escalón más alto y exclusivo.